La Totonataria

Por: Omar Estacio
2001

El llamado “Vergatario” ha resultado un fiasco. La mentira, la falsedad, el ocultamiento, son de vida precaria. Pronto se determinó que el fulano celular era un fraude más de un individuo bocón, aguajero, inescrupuloso y que como lo demostraremos, presume de lo que carece.

El teléfono no se fabrica, ni se ensambla en Venezuela. Es “made in China”. Pero lo más grave: para simular una supuesta revolución en el precio de las telecomunicaciones, se vendió por debajo de su costo de fabricación, subsidiado por petrodólares, de manera que la pretendida masificación del aparatejo naufragó, de inmediato, en sus exiguos inventarios.

—Tome su número, señor. Vamos por el 220 y a usted le tocó el turno 43.586 mil…

Los hospitales mueren de mengua, pero Chávez cuasiregala aparatos móviles para hacer demagogia. Aparte de todo, ya han comenzado a llover las quejas de los pocos usuarios. Se le descarga la batería a la segunda llamada. Se “guinda” como ocurre con las computadoras de pésima calidad y por si fuese poco, la onda de telecomunicación va y viene, como esas hombrías postizas e intermitentes.

Uno de los mayores anhelos de nuestros padres fundadores, fue la civilidad. Las enseñanzas de Carreño contenidas en su célebre “Manual” no constituyeron un vademécum de frivolidad, sino compendio compatriota para que todos pudiésemos coexistir dentro de un mínimo de buenos modales. El “Moral y Luces son nuestras primeras necesidades” que todavía resuena en nuestros oídos, es emplazamiento en el mismo sentido: o nos comportamos como gente o nuestro pretendido país, no sobrepasará las cotas de peonada.

Fomentar el chiste de burdel, el lenguaje cloacal o genital, puede parecer popular y arrancar alguna carcajada, en una primera instancia, pero drena los escasos saldos de urbanidad luego de diez años bajo la égida del sedicente padrote que, a través de la TV, ha sido capaz de ofrecerle sexo a su esposa.

Siempre ha ocurrido en los cuarteles, los gimnasios y en las concentraciones de hombres. En el exacerbado machismo o la exaltación excesiva de lo viril subyace, ahí, larvada, latente, una tendencia que aflora luego del segundo trago.

Verga, tiene varias acepciones. Mástil, percha perpendicular en las embarcaciones a vela. Fusta o látigo corto. Arco de acero de una ballesta y finalmente, forma coloquial de llamar el miembro viril.

Vergatario es un morfema flexivo de esto último. Ser un vergatario, no es otra cosa que actuar como un pene enhiesto o en erección.

Salvo que sea ninfómana, dudo que cualquier dama guste de portar un adminículo con tal tipo de evocaciones. Será gracioso, quizá, en una despedida de soltera, pero mencionarlo en una comunicación con sus hijos, su pareja, sus relacionados o amigos, no pasará de ser un signo de procacidad. “Llámame a mi vergatario, amorcito”.

Llevarse a la boca un celular con semejante connotación fálica o restregárselo en un cachete o colocárselo en el bolsillo trasero del pantalón, tampoco es cosa de hombres. Este servidor no hace jactancia de ser macho o machote, pero en todo caso si es que tengo que descender a la vulgaridad me sentiría más a tono comunicándome a través de una “Totonataria”. O de una “Cucataria”.

Cada cual con sus preferencias personales, a reserva del sacrosanto derecho que tenemos los demás mortales de no adoptar ciertos gustos ajenos.

Lo que sí es verdaderamente perturbador, es el que se reprime, el que oculta lo que es, en realidad, a través de falsos machismos. Lo mencionábamos al comienzo. Dime de qué presumes y te diré de qué careces, con el subproducto de resentimiento, odio, complejos, malquerencias sociales en tal clase de inhibidos. Mucha tela qué cortar para Freud, Adler y estudiosos de las desviaciones de conducta.

Pretender posar de anticapitalista pero colocársele en decúbito ventral a las más voraces empresas, brasileñas, rusas o chinas. Querer hacerse pasar por hombrón por medio de la vulgaridad, pese a que la coprolalia suele ser velo de inclinaciones encapsuladas.

¡Mejor, sálgase de ese closet, comandante!
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“El que teme decir lo que piensa, acaba por no pensar lo que no puede decir”.
Giovanni Sartori

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