De nuevos ricos a presos traicionados

Por Juan Pablo Morales
De la Redacción de LA NACION
Gustaban de los clubes que servían marcas selectas de whisky escocés. Eran los mejores lugares para contar sus aventuras. Amaban sentirse personajes del jet set caribeño o de rallies para magnates. Cerraban negocios entre historia e historia: con bonos de deuda pública, con venta de armas, con licitaciones chavistas… Las calcomanías bolivarianas brillaban sobre las Ferrari: “Venezuela ahora es de todos”.
Guido Alejandro Antonini Wilson, Carlos Kauffmann y Franklin Durán se ufanaban del privilegio de pertenecer. De ser socios del grupo exclusivo de nuevos ricos del socialismo venezolano, amigos chavistas y burgueses, con contactos oficiales, casi siempre intermediarios sin sede fija: para los negocios daba lo mismo Caracas, Miami o Buenos Aires.
Para las traiciones que provocarían el derrumbe también. Antonini sintió un complot en Buenos Aires, denunció que sus amigos -por orden de Caracas- lo presionaban para que afrontara el escándalo y les tendió una trampa en Miami, con tutela del FBI. Logró que juzgaran a Durán por espionaje; Kauffmann, mientras tanto, salteó un paso: delató el complot y decidió colaborar.
“Los amigos eran sólo los negocios, el lujo, ser ricos. Y rápido, por si el chavismo perdía poder. No les interesan Venezuela ni la revolución ni la lealtad. Ahora tampoco les importa delatarse”, describió Teodoro Petkoff, periodista y escritor venezolano. “El lema es sálvese quien pueda. De la sociedad a la trampa había un paso.”
Primero fue la sociedad. La que les permitió acumular una fortuna extraordinaria para jóvenes empresarios sin estudios universitarios ni herencia conocida. “Nacieron como miembros osados de un grupo sin tradición, asociado al chavismo para hacer negocios”, detalló José Guerra, ex economista jefe del Banco Central. “Ellos conformaron la boliburguesía.”
Así llaman en el Caribe al grupo de 30 ejecutivos que rodean a los funcionarios desde 1999 y que -denuncian los opositores- se lleva un 10 por ciento de cada operación. En diez años acumularon un capital de 3000 millones de dólares, al amparo de la renta petrolera, la obra pública y el cambio de divisas.
En grabaciones del FBI, en Miami, el propio Durán se ufanaba de su olfato con los bonos. “Nos dieron unos billetes completicos. ¿Y sabes cuánto sacamos? -le decía a Antonini con tono aventurero- ¡110 por ciento!” La diferencia fue de 100 millones de dólares. La especialidad de Durán, sin embargo, eran las armas: se hizo rico abasteciendo a las policías de Venezuela.
Antonini y Durán compartieron el comercio petrolero. El “Gordo” también repartía en América del Sur tarjetas de Venoco, la segunda empresa petroquímica del Caribe. El dueño es Kaufmann. Su socio, Durán. Ambos administran otra firma que provee taladros a Pdvsa. “Montaron negocios legítimos para esconder negocios sucios. Pdvsa era una pieza fundamental”, aseguró Petkoff. Las operaciones con intermediarios en Venezuela incluyen desde compra de reactores nucleares hasta planes agroalimentarios. Natural en un país que flota en petrodólares, pero importa el 80% de lo que consume.
El antichavismo utiliza cada punto oscuro contra el presidente. “Creó una clase nueva, que usa al Estado como caja chica”, cuestionó el líder opositor Manuel Rosales. “La ley es de ellos. Y se creen invencibles.”
Antonini, Durán y Kauffmann creían en eso en sus noches displicentes, entre whiskies y aventuras. Compartían condominios millonarios y pasión por los autos caros. Los lujos eran parte del estilo. Y la traición, un invento para hacer negocios.

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