Desde allá arriba

La valentía de esta chica es solo comparable a su agudez. Nos unimos a la hemorragia de elogios que por estas fechas recibe incluyendo un muy prestigioso premio en España (Ortega y Gasset premio al periodismo). Claro, como era de esperarse el régimen no le dio permiso para ir a recibir su premio en persona. Esta publicacion de su escrito lo hacemos sin su explicito permiso, pero sin ninguna otra intencion mas que ayudarle a difundir su mensaje.

Por Yoani Sánchez

Una nueva línea de ómnibus circula por las calles habaneras desde hace algunas semanas. Con un color rojo intenso, grandes anuncios y una insólita planta superior, esta nueva “nave espacial” se desplaza por las principales arterias en un recorrido que cuesta cinco pesos convertibles. Sus clientes son aquellos turistas interesados en un paseo condensado por los principales lugares de nuestra urbe. Magnífica oportunidad para esos que prefieren mirar desde el segundo piso lo que a ras de suelo se ve totalmente diferente.

Achicharrados bajo el fuerte sol de mayo, aprietan los obturadores de sus cámaras y se mantienen a salvo de las alcantarillas rotas, las aceras derruidas y los perros sarnosos que conforman mi paisaje urbano. Mientras, nosotros observamos la guagua biplanta como si hubiese salido de un folleto de viajes a New York o a Tokio. Desde los asientos de “allá arriba” los rostros felices de los viajeros nos hablan de una Habana que sólo ellos parecen ver. La verdad es que no me asombra tanta miopía, pues los efectos, sobre la visión, que ocasiona un refrescante mojito, son harto conocidos.

Al verlos en su azotea rodante, evoqué a un vecino que un día me interrogó “¿Cuál es la diferencia más visible entre un turista y un cubano?” En mi simplicidad, le enumeré las cremas solares, las guías Lonely Planet y los spray contra mosquitos… pero no. La respuesta era más evidente: “Un turista siempre mira hacia arriba. Se queda embobecido con la arquitectura, los vitrales, arcos y columnas; pero nosotros los cubanos caminamos atentos a los huecos que harían peligrar nuestros tobillos”. Aunque se trata de una de esas exageraciones que termina en cliché, me parece que este ómnibus de dos pisos se encamina en la misma dirección del chiste de mi vecino. Desde allá arriba, ya no hay nada que se interponga entre los ojos de esos turistas deslumbrados y los edificios de más de un siglo. Ni siquiera nosotros –meros extras en este decorado- somos un estorbo para que disfruten de aquello que está por encima de nuestras cabezas.

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