Al oído de un bolivariano

Fernando Londoño Hoyos

Ante el Congreso de Angostura, reunido el 15 de febrero de 1819 en medio de las peores dificultades, pronunció Bolívar el más grande de sus discursos políticos y la más encendida y fulgurante oración que se haya dicho jamás en este Continente. Como se le exigiera que se convirtiese en mandatario vitalicio, o poco menos, trató la materia con estas palabras lapidarias:

“…nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo en un Ciudadano el Poder. El pueblo se acostumbra a obedecerle, y él se acostumbra a mandarlo; de donde se origina la usurpación y la tiranía”.

Imposible que fuera el Libertador más preciso sobre sus personales aspiraciones, que jamás le condujeron a poner en peligro la Democracia, por la que pasó su vida en los campos de batalla desde Caracas hasta el Potosí, pero más importante aún, imposible mayor claridad y contundencia en su credo político sobre esa decisiva cuestión. La Democracia no se aviene con los regímenes extensos, pues que la fatiga en el mando y en la obediencia son las peores cosas que pueden ocurrirle. Nada desgasta tanto como el ejercicio del poder, pero nada es tan sintomático de la decadencia de un pueblo, como su indefinida tolerancia a uno solo que manda.

Somos partidarios de la reelección de los gobernantes que lo merecen, y los votantes serán los que decidan cuándo deberán producirse los cambios en el Gobierno. La experiencia enseña en esta materia, que una reelección es sana, y la segunda generalmente imposible o catastrófica. Los ejemplos recientes de Felipe González en España y de Margareth Thatcher en Inglaterra, demuestran que no suelen ser buenos, o siquiera pasables, los intentos de perdurar en el mando.

Valgan entonces las lecciones de Bolívar, sobre todo para cierto personaje de este vecindario que lo cita y lo evoca todo el día, sin la elemental precaución de leerlo primero. Por la misma senda reeleccionista se precipitaron sus compañeros de farra demagógica, Rafael Correa y Evo Morales. Poco faltará, imaginamos, para que el patán de Nicaragua también quiera cambiar la Constitución en su provecho. Pero en todos los casos es igual lo acontecido. Los gobiernos de estos desgraciados países no tienen más destino que la lucha por la reelección de quienes los presiden. El caso de Chávez es el más dramático de los tres, solo porque es el más antiguo. Los otros llegarán pronto a la misma crisis, o cuando menos a que se haga visible.

Cuando llegue la hora fatal del balance de la era chavista, se verá que fue una desgracia, la mayor de la Historia de Venezuela, enmarcada por el problema de la permanencia del déspota en el poder. Nada distinto se ha discutido en ese martirizado país. Ninguna otra cosa ha valido para un debate serio. Todo se concentra en el legítimo afán de un número inmenso de víctimas para lograr que se vaya, y en el empeño feroz del cacique Guaicaipuro de esta época por no dejarse sacar. Han pasado nueve años de este teatro, y todos dedicados a saber cuánto tiempo le queda a Chávez. Mientras tanto Venezuela ama, sufre y espera, diríamos tomando las palabras de Gallegos en la inmortal Doña Bárbara, escritas hace tanto tiempo.

En Colombia hemos asistido al mejor gobierno de nuestra Historia, que no puede echarse a perder con una nueva Reforma Constitucional. Para ser honrados, con una tuvimos bastante. La segunda sería una calamidad. El primero en advertirlo es el propio Presidente Uribe. Pero a su alrededor tiene gente demasiado entusiasta, lo que no quiere decir, necesariamente, que leal. Aquí la lealtad consiste en acordar con el Presidente que esa idea es peregrina e imposible. Y que lo que corresponde es dejar gobernar al que gobierna, y abrirle cauces a una brillante constelación de talentos que no puede echarse a perder. Reemplazar a Uribe no será fácil empresa. Pero hay que acometerla. Y con la ayuda de Uribe, no será imposible, pero tampoco inoportuna ni dañina. Si tiene dudas, caro lector, repase las palabras del Libertador en Angostura.

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