Estelita del Llano

Cuando escuché, no muy sorprendida, en honor a la verdad, al flamante presidente derrotado en horas de ayer tildarnos de mierda, no pude dejar de esbozar una sonrisa. Una sonrisa, pues pese a que la mayoría de los puritanos de luz y vulgares de oscuridad pudieran sonrojarse, su reacción no denotaba otra cosa que una absurda desesperación.

Desencajado, gordo de piernas abiertas por el peso de la lipa, casi sin

ojos y con el odio intacto, lo percibí sin ducharse, sin dormir, con mal olor en el cuerpo y en la boca y terriblemente solo. La soledad es mala consejera canta una melodía de antaño y esa desolación es capaz de hacer, como siempre, que la lengua vaya primero que la cabeza. Se le veía demoníaco, arropado de tinieblas, yermo. Patético.

Entonces, caí en la cuenta que no ofende quien quiere sino quien puede y yo decidí que no me calaba una ofensa más. No me la aguanto, porque simplemente no me da la gana. Porque lo saqué de mi vida con un NO rotundo y definitivo. Porque comprendí que era derrotable y que eso fue lo que hice con mi voto dominguero.

 

Lo percibí entonces tan lejano y vacío. Como esos volcanes que se ven en el horizonte y cuya lava nunca llega a nuestra calle por más erupciones que haga. Que si va a tirar un golpe, que los militares están alzados, que la va a aprobar de todas maneras, que si la habilitante le da poderes. No importa lo que trate de hacer en su sucesivo. Es derrotable y eso es lo único que importa.

 

Respiro, suspiro y me lleno de amor profundo. De amor por un país que supo imponerse, por un grupo enorme de gente que dijo basta y que decidió que no más. Me lleno de amor por mi gente, por esa que está en las calles y las desborda de color y alegría, por los que cantan consignan, por los que estudian y manifiestan al mismo tiempo, porque aprendieron de chiquitos a caminar y mascar chicles de un solo jalón. Me reboso de cariño verdadero por las mujeres que no se dejan, por los hombres bien dispuestos a defender lo suyo y por la inteligencia de los niños de primaria que ya conocen las nefastas consecuencias de un comunismo y de noche le piden a Dios que se lo lleve bien lejos.

 

Entonces, vuelvo a decidir. Con qué me quedo. Con el odio inconmensurable de un hombre solo o con el amor que el padrón electoral siente por el país. Me quedo con el último y le sumo a los que no se pronunciaron, por fastidio, negligencia, imposibilidad o principios de vida.

Me dejo impresionar, porque yo si soy impresionable, a mucha honra. Vuelvo a sonreír ante sus balbuceos. Lo suelto y lo dejo ir lejos de mi vida. Sus días están descontándose. Cada uno más, es uno menos. La fecha está marcada en el almanaque de mi patria. Ahora para él, amo y señor de la mierda, lo que queda es olvido.

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