Chávez y el virus de la inflación

Por Ibsen Martínez

“¡Derrotemos la inflación!” ha sido, entre las tantas consignas del Chávez post-2D, una de las que más ha llamado mi atención.

Del Chávez post-2D hay que admitir, antes de pasar adelante, que, del mismo modo que de la extinta Coordinadora Democrática opositora llegó a decirse que “no tenía plan B” para el caso de perder el revocatorio presidencial de 2004 que juzgaba imperdible, Chávez tampoco tenía “plan B” para el caso de que el SÍ perdiera el referéndum sobre su pretendida “reforma” constitucional.

Sólo así se explica tanto desatino, tanta improvisación, tanta parvedad de ideas, tanta frenética apurruñadera mediática con las FARC, tanta “novedad” que ya no resulta tal y tanto palo de ciego como el pobre ha venido dando desde diciembre sin poder disipar la impresión general de que ya no es el dueño de la situación.

Un indicio de que ello es así lo ofrece el que, por vez primera, ! Chávez haya hablado de sus enemigos reales -la inflación, el desabastecimiento, el auge de la criminalidad-, aunque lo haya hecho con el mismo talante divagador, fantasioso y palabrero con que habla de supercherías como “el socialismo del siglo XXI”.

Cuando un demagogo en problemas se larga a hablar de economía y aborda temas tan acuciantes para la ciudadanía como la inflación, el desabastecimiento y el hampa hay que prepararse para lo peor. La razón es que cuando se piensa la economía como Chávez lo hace, esto es, como si fuese un ámbito del desempeño humano sujeto a juicios morales y susceptible de modificarse a fuerza de solidaridad y voluntarismo, nunca se atina con soluciones duraderas.

Invitar a todos a derrotar la inflación del mismo modo en que se llama a luchar contra el paludismo -con consignas que vierten ideas engañosas sobre la realidad- es, por lo menos, una ingenuidad.

“Unámonos todos, sin distingos de clase, sexo, raza o color para derrotar el flagelo de la inflación”, nos exhorta Chávez, y se llena la boca cuando dice “flagelo” como si la inflación fuese una enfermedad infecciosa de transmisión bacteriana o viral. Como si existiese un aedes aegipty, un agente vector de la inflación del mismo modo que el “chipo” lo es del mal de Chagas. Como si pudiese combatirse con voluntariado y cuadrillas de fumigación.

2.
“La Economía se ocupa de los incentivos: lo demás es comentario social”, afirma el brillante economista gringo Steven Landsburg en su libro The armchair economist (algo así como “El economista en su butaca”). Chávez, en materia económica, prefiere ir a lo que más le importa -preservar su ego- y por eso desde 1998 no ha hecho sino comentario social.

Los contados economistas que han estado cerca de Chávez, aquellos a quienes ha distinguido, elogiado y exaltado, tampoco parecen conocer la sencilla verdad que encierra la frase de Landsburg.

La enésima rotación de personal ministeriable que Chávez ha intentado sin éxito hacer pasar por “revisión, rectificación y relanzamiento” de su socialismo bolivariano ya se llevó en los cachos a Jorge Giordani sin que el eje de desarrollo Apure-Orinoco ni las tuberías de aducción que habrían de regar los llanos con aguas del gran río ni los gallineros verticales ni los cultivos hidropónicos ni su tristemente célebre “kit del conuco” hayan logrado frenar la carrera inflacionaria y evitar el desabastecimiento.

El kit del conuco, ¿lo recuerdan?, fue una de las más desternillantes iniciativas animadas por sesudos estudios hechos en el Cordiplan de la era Giordani. Su propósito, asociado a la batalla final contra el latifundismo, iba a ser dotar a cada familia campesina de un cochinito, unas estacas de yuca y algo de maíz para su conuco, a manera de “motor de arranque” de una economía familiar campesina y endógena.

El “submarino de la economía venezolan! a” del cual Giordani llegó a decir que muy pronto saldría a flote, ha experimentado, ciertamente, un crecimiento considerable gracias al desbocamiento del gasto público, sólo que ¡ay!, la inflación que alcanzó un 22,5% a fines del año pasado, lo ha torpedeado y el submarino se va irremisiblemente a pique con todo y periscopio.

El relevo de Giordani, Haiman El Troudi, es un ideólogo neomarxista atrapado en el dogma de la centralización y los controles gubernamentales. El nuevo ministro de Finanzas, Rafael Isea, fue descrito esta semana por el semanario The Economist como un “antiguo teniente del Ejército con limitados antecedentes en materia económica”.

No hay más que decir, salvo que ni El Troudi ni el teniente Isea podrían imprimirle cambios decisivos a la política económica del gobierno aunque quisieran porque el único “planificador” del gobierno es el Gran Timonel, Hugo Chávez, gran especialista del comentario social.

3.
Mientras escribo esta entrega! llega la noticia de que Citgo irá pronto en auxilio de Pdvsa. Hace pocos días, José Suárez Núñez publicó en TalCual la primicia de que Pdvsa intima a sus clientes a que le paguen por adelantado y sólo ocho días después de acordar un envío de crudo, en lugar de los habituales treinta. Las páginas de economía de la prensa nacional se han hecho eco de quienes observan que Pdvsa no reinvierte todo lo que debiera al paso que se endeuda en el mercado de capitales en condiciones sumamente onerosas. Para colmo, Chávez ha ordenado que Pdvsa dedique recursos y tiempo de gestión a adquirir productos de la cesta básica “donde sea y al precio que sea”.

Hacer de Pdvsa una empresa dedicada a la exportación de petróleo y a la importación masiva de productos agrícolas es sólo un ejemplo de cuán dañina puede ser lo que llamo “la imaginación económica” cuando se le da rienda suelta.

Por “imaginación económica” entiendo yo todas las falsas ideas acerca del funcionamiento de una economía que, por intuitivas, lucen sensatas y hacederas. Pero si algo tiene la economía es que sus verdades contrarían la intuición.

Lo único cierto es que, durante nueve años, Chávez no ha hecho más que estimular la demanda con una mano mientras estrangula la producción de bienes con la otra. Esto ha hecho de él una formidable máquina generadora de inflación y desabastecimiento.

Ninguna jaculatoria, ningún aliterativo juego de letras y palabras del tipo “revisión, rectificación y relanzamiento” podrá evitar que la inflación, el desabastecimiento y la incompetencia surtan sus tóxicos efectos en el ánimo de los electores que escogerán alcaldes y gobernadores a finales de año.

Para impedirlo habría que añadir otras dos “erres” a la fórmula: Erre de “resultados” y erre de “¡rápido, rápido!”.

Pero la rapidez de resultados no es cosa que se les dé fácilmente a quienes se desentienden de los incentivos y se solazan en el comentario social.

El notable economista de la escuela austriaca Paul Rosenstein-Rodan, interpretando acerbamente el desenlace del experimento chileno en los años setenta, dijo con craso descomedimiento que Salvador Allende no murió en aras del socialismo sino a manos de su incompetencia en materia económica.

No es toda la verdad, desde luego, pero hay mucho de verdad en ello.

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