La farsa ha terminado

Opinión
Roberto Giusti
El Universal

El choque de dos egos tan inflamados era inevitable y no sólo por las características de sus personalidades, parecidas en lo imperioso de sus rasgos, pero contrapuestas en lo ideológico-político. Nada nuevo, pero una constatación previa para preguntarse porqué, entonces, siendo Chávez el mejor amigo de su peor enemigo pudo Uribe haberlo considerado como el mediador ideal.

La respuesta, a simple vista, luce obvia: era el único jefe de Estado lo suficientemente cercano a las FARC para convencerlas de un diálogo en pro del canje humanitario. Todo un sofisma porque si bien Chávez es allegado casi íntimo de la guerrilla, precisamente por eso se convertía en juez y parte.

Es decir, si alberga campamentos de las FARC en territorio nacional y ha tolerado que técnicos de Pdvsa y soldados de su Ejército sean asesinados por guerrilleros de aquella fuerza irregular, ¿cómo podía intervenir, de manera equilibrada y sin intentar beneficiar a quienes dicen, como dijo Raúl Reyes “que somos igualitos a Chávez”?

El venezolano sabía que las FARC, más allá del canje humanitario, hacia el cual no dieron la menor muestra de acercamiento, no quieren una paz que los convierta en adversarios políticos de Uribe y por eso es imposible imaginarse a Tiro Fijo de candidato presidencial o al mono Jojoy buscando votos para congresista por el Caquetá.

Su objetivo final es la toma del poder por las armas y mientras no puedan hacerlo y a pesar del acorralamiento militar en que los ha colocado Uribe, prefieren mantener sus decenas de frentes en actividad, su dominio parcial de territorios y sus inmensas ganancias derivadas del narcotráfico.

Sólo que Uribe tampoco quiere la paz y en eso Chávez tiene razón. El colombiano llegó al poder montado sobre su propuesta de “darle bala al enemigo” o, en lenguaje político, de consolidar la “seguridad democrática”.

Si Uribe permitió la mediación de Chávez lo hizo presionado por el gobierno francés, por parte de la opinión pública colombiana y por la necesidad de enviar señales al Congreso de EEUU, donde los demócratas se niegan a aprobar el tratado de libre comercio acusándolo de cómplice de los paramilitares.

Jugando en varios frentes, las FARC y la candidatura presidencial de Piedad Córdoba, ante una izquierda democrática que rechaza la guerrilla, Chávez quiso abrir un flanco en el frente uribista, dándole al colombiano el pretexto perfecto para sacarlo de juego.

Y hasta ahí porque las relaciones comerciales son vitales para ambos países: para Colombia porque se queda con la mejor parte de los 5 mil millones del intercambio y para Venezuela porque necesita los alimentos que vienen de allá. La farsa termina y todo sigue igual.

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