Gaudeamus Igítur

Por Laureano Márquez

Creo que cabe en una página de humor un comentario sobre la muerte de Su Eminencia (nunca tan bien dicho) el Cardenal Rosalio Castillo Lara, pues si alguien llevó una vida llena de gracia fue él. Por lo demás, una larga existencia, útil, generosa y productiva, más que de llanto debe ser motivo de regocijo y alegría.

Para comenzar, es uno de los pocos venezolanos al que, luego de haber estado al frente del gobierno de un país y muy especialmente de la administración de sus finanzas, como lo estuvo él cuando gobernó el Vaticano, nadie ha acusado de corrupción.

Sólo eso es ya suficiente gloria. Pero, además, forma parte del aún más selecto grupo de venezolanos a los que las normas les importaban. Notable fue su participación en la redacción del Código de Derecho Canónico y su fama de conocedor del derecho medieva! l. Por algo Juan Pablo II lo llamaba “el hombre de la ley”.

A pesar de ello, siempre rompió las normas, no las legales, sino las normas de comportamiento usual de nosotros los venezolanos:
No se hizo el loco frente a la arbitrariedad y la injusticia, sino que las denunció con valentía y coraje, jugándose la tranquilidad que había venido a buscar; teniendo la posibilidad de una exitosa carrera en el exterior, donde había pasado la mayor parte de su vida, decidió venirse a Venezuela, justo cuando todos pensamos a dónde vamos a huir y, por último, vistió siempre de rojo sin dejarse arrastrar por el fanatismo ni perder su espíritu crítico.

Quizá la verdadera prueba de su valía como ser humano – por si alguien tuviese duda- es el silencio con el que las autoridades nacionales han asumido su desaparición física, que se ha vuel! to norma frente al deceso de todo venezolano de inteligencia, prestigi o y renombre internacional.

El caso es, como dijo el enviado especial del Papa, que Monseñor Castillo Lara tendrá una notable capacidad de interceder por Venezuela ante la Providencia. Y si en la patria provisional nunca se calló, ¡cómo será en la definitiva!
Casi puede uno imaginárselo, noche y día, si hay noche y día en la eternidad, ante Dios, pidiendo siempre exactamente la stessa cosa, hasta que el Supremo Autor, por agotamiento o por piedad, desde el empíreo infunda un sublime aliento sobre nosotros.

Alegrémonos pues, por una vida magnífica y recordemos, mientras haya sueños por los que luchar, las palabras de San Agustín:
“Tus años son un solo día y tú día no es cada día, sino el ‘hoy’, porque tu ‘hoy’ no desaparece ante el mañana y no sigue el ayer.Tu ‘hoy’ es la eternida! d”.

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