Para Hugo de parte de los (por lo menos algunos) Médicos Cirujanos (Venezolanos)

CARTA A CHAVEZ

 

Somos un grupo de Médicos Cirujanos (Venezolanos) que vemos con gran preocupación como se ensombrece cada día más el futuro de todos los trabajadores de esta profesión que no pertenecen al género conocido como ¨Chavistas¨. Somos testigos de cómo traes Médicos extranjeros (llámese cubanos) a ejercer libremente la profesión en nuestro país (porque es el país de todos los venezolanos, no el tuyo como lo crees y lo dices abiertamente) sin exigir ningún tipo de revalida o títulos en donde se demuestre que realmente son Médicos, cuestión que dudamos debido a las conductas inapropiadas y peligrosas que toman a diario. Por que no es igual para nosotros?, que cuando emigramos de nuestro país para tratar de ejercer la medicina en el extranjero, nos damos cuenta de lo exigente y prolongado que puede ser la revalida de nuestros estudios, para poder siquiera tocar a un paciente. Los cubanos vienen a nuestro país no solo a pasar una consulta inerte y regalar la misma pastillita de vitaminas y antibióticos económicos y en desuso, que lo único que hacen es aumentar la emergencia de resistencia bacteriana, sino que algunos hasta operan venezolanos sin saber si quiera si son cirujanos. Será que la vida del Venezolano no vale? O será que vienen a atender ¨cochinos¨.

 

Tu que durante una charla nefasta en una de tus acostumbradas cadenas repetitivas y fastidiosas el dia de ayer (Viernes 21 de Septiembre), nos decías abiertamente ¨Mercenarios¨, examínate a ver si ser un autodenominado presidente socialista debe vestirse con trajes de diseñadores internacionales, o viajar en un avión de millones de dólares que compraste con el dinero del estado, es decir, nuestro dinero!. Nos preguntamos porque no le dices a Acosta Carles que se baje de uno de sus tantos Hummer y que se dedique a atender sus verdaderas prioridades?, acaso eso es ser socialista?. Somos nosotros, que trabajamos fuertemente por lo queremos tener, los mercenarios? O serán ustedes?, que diariamente se roban el dinero del estado y pasas mas tiempo viajando y hablando de cómo es un tanque por dentro y de lo tanto que quieres a Fidel Castro, o insultando a los Obispos y a Bush, que trabajando por nuestro país que tanto lo necesita. Quisiéramos saber si tu o uno de los tuyos requiriera una cirugía te operarias con uno de esos excelentes y preparados médicos cubanos que trajiste a nuestro país o si acudirás a nosotros en las clínicas privadas para hacerlo?. Tu sabes que solo eres un farsante y frustrado que siempre quisiste estudiar medicina pero no llenaste las expectativas en el examen de admisión, o no es por eso que ahora lo quieres eliminar?

 

Tu que nos llamaste ¨Criminales¨, deberías hacer una guardia en una emergencia de un hospital tipo IV venezolano (no en un CDI, que solo va gente con diarrea y moco) y darte cuenta de cómo salvamos vidas a diario de manera heroica, porque tu no dotas los hospitales como debes porque tienes que invertir el dinero en la guerrilla para que te defienda. Por que no haces nada en contra de los antisociales que matan mas de 200 personas semanales, o acaso no te han contado tus ineptos secuaces que en este país mueren mas personas en un fin de semana que en los países en guerra?. Somos nosotros los criminales?, o serás tu?, que en vez de dedicarte a la lucha contra la inseguridad, le cambias la hora a nuestro país o le regalas nuestro dinero a Cuba, Bolivia, Ecuador y Argentina, solo para que te aplaudan cuando viajas a hablar estupideces para hacerte famoso?

 

Por que no igualas los hospitales a las clínicas en vez de querer quebrarlas para que la gente no note la diferencia entre la medicina privada y la publica? Por que eso seria mas costoso y tendrías menos dinero que robar, o no?

 

Recuerda que no hay mal que dure 100 años ni cuerpo que lo resista!, y no te vamos a regalar nuestro país!.

TU ERES EL VERDADERO MERCENARIO Y CRIMINAL…

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One Comment to “Para Hugo de parte de los (por lo menos algunos) Médicos Cirujanos (Venezolanos)”

  1. Recordado comandante:

    El 8 de octubre de 1967, después de librar tu último combate en el cañadón del Churo y caer a merced de tus enemigos, la pierna herida por un tiro y la garganta desgarrada por el asma, tu diario de campaña y otros documentos escritos con tu puño y letra, quedaron en poder de las Fuerzas Armadas. Es decir, pasaron de tu mochila de cuero a una caja de zapatos, que fue depositado como «secreto de Estado en el Alto Mando Militar Boliviano»; tu reloj Rolex, que te quitó un soldado a poco de tu captura, pasó a la muñeca del coronel Andrés Selich; tu fusil, ese fusil que hubiera querido heredar para cargarlo al hombro como tú lo cargaste a lo largo de la lucha, intentando encender la chispa de la revolución latinoamericana, pasó a manos del coronel Centeno Anaya, quien lo tomó sin sentir la misma emoción de felicidad que sintió el Inti cuando te conoció en la «Casa de Calamina», en Ñancahuazú, donde tú le estrechaste la mano de compañero, mientras otro le entregaba su carabina M-2; tu pipa, en la cual degustaste la última bocanada de humo, como quien está dispuesto a esperar con serenidad la hora de la muerte, se la regalaste al sargento Bernardino Huanca, quien se comportó amable contigo. Pero el capitán Mario Terán se adelantó y gritó: «¡La quiero yo! ¡La quiero yo!». Entonces tú, mirándolo con infinito desprecio, encogiste el brazo y le dijiste: «No, a vos no».

    En la Higuera permaneciste varias horas con vida. Te negaste a discutir con tus captores y tuviste el coraje de escupirles a la cara. Mas los mercenarios, dispuestos a cumplir las instrucciones de la CIA, decidieron eliminarte en el acto, para luego inventar la versión de que caíste en el combate del cañadón del Churo, y no que fuiste capturado vivo y ejecutado entre las cuatro paredes de la escuela de La Higuera. Tu asesino fue el mismo suboficial que quiso apoderarse de tu pipa, quien, borracho y asaltado por el miedo, entró en el aula y ejecutó la orden de eliminarte. Pero fue tan grande la impresión que le causaste, que, requerido por la prensa, confesó: «Ese fue el peor momento de mi vida. Cuando llegué, el Che estaba sentado en un banco. Al verme dijo: ‘Usted ha venido a matarme’. Yo me sentí cohibido y bajé la cabeza sin responder. Entonces me preguntó: ‘¿Qué han dicho los otros’ (refiriéndose a los guerrilleros Willy y Chino). Le respondí que no habían dicho nada, y él contestó: ‘¡Eran unos valientes!’. Yo no me atreví a disparar, En ese momento vi al Che grande, muy grande, enorme. Sus ojos brillaban intensamente. Sentía que se echaba encima y cuando me miró fijamente, me dio un mareo. Pensé que con un movimiento rápido el Che podía quitarme el arma. ‘¡Póngase sereno –me dijo– y apunte bien! ¡Va a matar a un hombre!’. Entonces di un paso atrás, hacia el umbral de la puerta, cerré los ojos y disparé la primera ráfaga. El Che, con las piernas destrozadas, cayó al suelo, se contorsionó y empezó a regar muchísima sangre. Yo recobré el ánimo y disparé la segunda ráfaga que lo alcanzó en un brazo, en el hombro y en el corazón. Ya estaba muerto».

    Después te trasladaron amarrado al helicóptero, desde la escuela de La Higuera hasta el hospital de Vallegrande. Te inyectaron formalina en las venas y te presentaron ante las cámaras de la prensa sobre una mesa de tablas, donde yacías como Cristo, el Nazareno, con el aspecto más de vivo que de muerto; tenías el torso desnudo, los pantalones ajados, los pies descalzos, la barba crecida hasta el pecho y la cabellera precipitándose en cascadas. Aunque tu mirada estaba ausente, tus ojos irradiaban una extraña inocencia, acentuada por tus labios entreabiertos, casi sonrientes en el rictus de la muerte. Ese día, quienes contemplaron tu hermoso rostro de combatiente, cuentan que, incluso después de ser acribillado, tu cadáver rezumaba una aureola que inspiraba admiración y respeto, quizá porque supiste someter tus ideales a las pruebas del fuego, porque hacías lo que decías, porque vivías como pensabas y pensabas como vivías.

    En esta última fotografía, donde los curiosos se agolpan a tu alrededor, la mirada fija y el aliento sostenido, parecen no salir de su asombro al constatar que ese hombre tendido en la camilla es el guerrillero que quiso «crear dos, tres…, muchos Vietnam en América Latina», mientras tus captores, señalando las heridas de tu cuerpo, te exponen como un trofeo de guerra, aunque no te mataron en combate sino de un modo cobarde.

    Sin embargo, ésta no es tu fotografía más conocida, sino aquella otra de 1960, cuando el fotógrafo Alberto Korda, al recoger imágenes para la prensa en La Habana, tras el incendio del barco francés que transportaba un cargamento de armas y municiones para la defensa de la revolución, fijó tu rostro en el visor de la cámara y, atraído por la fuerza y el dramatismo de tu mirada tendida en la bahía, te tomó una fotografía que, una vez revelada en la cámara oscura, dio la vuelta al mundo y se trocó en un aluvión de afiches, banderas, camisetas, chapas, carteles, gorros y estampas; más todavía, tu rostro se pintó en las paredes y se grabó en la mente de quienes te mutilaron las manos y te desaparecieron, intentando acallar tu voz, soterrar tus ideales y destruir tu imagen, que, hoy como siempre, está presente entre nosotros, incitándonos a repetir aquellas frases de la carta de despedida que les escribiste a tus padres: «Otra vez siento bajo mis talones el costillar de Rocinante; vuelvo al camino con la adarga al brazo… Muchos me dirán aventurero, y lo soy; sólo que de un tipo diferente y de los que ponen el pellejo para demostrar sus verdades…».

    Así te recordamos, comandante, con la estrella en la boina y el porvenir en la mirada.

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