Es mejor para la OEA no acudir

EL UNIVERSAL

Per Kurowski

En circunstancias electorales delicadas como las que existen en Venezuela, un observador electoral internacional que se encuentra en el país el día de las elecciones y de quien todos esperan que diga un algo ¡ya!, se enfrenta a la muy difícil alternativa de tener que legitimar los resultados electorales más de lo que debería o quisiera, o arriesgarse a que pueda terminar siendo culpado por desatar una violencia. Sin ánimo de crítica, sino simplemente considerando la normal aversión al riesgo que tiene un burócrata internacional, no hay mucha duda sobre cuál opción elegiría.

En tal sentido hace dos semanas, en mi carácter de ciudadano del continente Americano le envié una carta a la OEA, nuestra organización continental cúpula, en la cual y por intermedio de su secretario general, el Dr. José iguel Insulza, le solicito que se asegure muy bien que estén dadas todas as condiciones electorales en Venezuela para que esa organización pueda acudir el venidero diciembre esperando jugar un rol distinto al de un tonto útil.

 

Para refrescar la memoria del secretario general le recordé cuando en diciembre de 2005 la OEA balbuceó como legítimos unos resultados tan surrealistas como el de una Asamblea Nacional con un 167 a 0 en un país notoriamente dividido, sin duda algo que debe haber manchado para siempre el expediente histórico de la OEA.

 

Igualmente, en diciembre de 2006, la encuesta internacional AP-Ipsos y que el propio gobierno promocionó por cuanto daba a chávez (ver nota) como ganador, contenía una serie de preguntas que indicaban una muy seria falta de confianza ciudadana en su sistema electoral. Por ejemplo, a la pregunta: ¿Qué tan preocupado está usted con respecto a que la gente pueda recibir represalias con respecto a su voto durante las elecciones presidenciales?, sólo el 29% respondió “nada preocupado”. Por supuesto al observador de la OEA, otra vez encontrándose donde no debería ni quería estar, ante el pavor a las alternativas, de nuevo no le quedó más remedio que balbucear algo sobre legitimidad.

 

Ahora bien y por cuanto el sistema electoral en Venezuela no ha sido sometido a un proceso de revisión que pueda ser razonablemente satisfactorio para la oposición desde las anteriores elecciones, de acudir la OEA de nuevo como observador, esta vez no sólo se expondría a acumular su tercer manchón, pero además dejaría abierta la puerta para que la OEA termine siendo acusada por la historia de jugar un papel activo en llevar al país por la senda de una dictadura constitucionalmente ordenada.

 

¿Que algunos dicen que la propuestilla de traje constitucional hecho a la medida por y para quien espera usarla está siendo democráticamente debatida y evaluada? Será, pero sólo si uno es tan cínico como para aceptar que un parlamentarismo de calle que deriva su nombre más del verbo callar que con la ubicación del debate y que es llevado a cabo por una de-facto ilegítima 167 a 0; o tener que votar por toda el paquete de reformas de articulados en un solo tómalo o si no te lo impongo, “esta revolución es armada”, tenga algo que ver con democracia.

 

No obstante, si la OEA al final no encuentra en sí misma el carácter para resistir una invitación aun cuando el sistema electoral no cuente con la aprobación de por lo menos el 80% de los venezolanos, le sugiero a la OEA que negocie los permisos que le permita observar de alguna manera el desenvolvimiento de alguna otra elección o acción paralela que la oposición podría estar ejecutando y que antes de dar un comentario el día de las elecciones aludan a un cierto malestar estomacal y se retiren sin balbuceos.

 

Por cierto y para que no queden dudas, terminé mi carta asegurando a la OEA que no albergo ningún sentido adverso a esa organización, más bien todo lo contrario por cuanto considero que nuestro continente necesita de una OEA fuerte y que haciéndose respetar pueda guiarnos por una vía de integración similar a la lograda por la Unión Europea.

perkurowski@gmail.com

Nota: “chávez” con minúscula es a cuenta de una pequeñísima sanción social que le impuse cuando insultó a una buena parte de la juventud venezolana. La pena es por 10 años, pero puede ser extendida o reducida, de acuerdo al arrepentimiento que demuestre.

*”La verdad no está de parte de quién grite más”

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