Mentirijillas del imprescindible

Por Roberto Giusti 

El 19 de septiembre de 2004 la Oficina de Prensa de Miraflores tituló de esta manera una de sus informaciones: “Presidente Hugo Chávez rechaza propuesta de reelección ilimitada. A continuación el texto señalaba que “El Presidente de la República Bolivariana de Venezuela, Hugo Chávez Frías, rechazó este domingo durante el programa Aló Presidente la propuesta del asambleísta Luis Velázquez Alvaray de realizar una reforma constitucional que permita la reelección del Presidente de la República por tiempo ilimitado”.

 

Agregaba Chávez: “no es cierto que tenga un plan para perpetuarme aquí y la propuesta del diputado Luis Velázquez Alvaray, es una propuesta hecha seguramente de buena fe, pero debo decir que yo no lo comparto, ni la apoyo y estoy seguro que ustedes, la mayoría de los que me siguen, tampoco”. Advertía que “dos períodos de seis años son suficientes” y acotaba como necesaria “la renovación de los líderes” porque “ni soy caudillo, ni soy imprescindible”. Para recalcar luego que debe hacerse una revisión al texto constitucional, pero no en lo referente al tema de la reelección presidencial.

 


Frente a una aseveración tan categórica cabe preguntarse por qué Chávez cambió de opinión, si es que, en verdad, alguna vez estuvo en contra de la reelección indefinida. Y la respuesta, por lo menos la de este humilde cronista, es que no hubo ningún cambio porque siempre Chávez soñó con el poder absoluto e ilimitado.

 

¿Quién, por estos días, puede pensar que el golpe del 4F se concibió como el primero de una serie de pasos para establecer un régimen democrático? Además, en democracia los golpes son innecesarios porque el cambio es posible a través de elecciones, de manera que si usted patea la lámpara lo hace para imponer una dictadura.

 

La verdad es que Chávez llegó al poder por la vía que siempre rechazó porque un sistema político como el que ha venido demoliendo se convertía en una camisa de fuerza que limitaba su ambición. Luis Velázquez, en aquella época uno de sus favoritos, lo sabía y con la propuesta interpretó a cabalidad las intenciones del ahora “imprescindible”. Sólo que equivocó los tiempos, ignoró que para entonces, cuando Chávez lucía ante el mundo como el campeón del revocatorio y víctima de la oligarquía golpista, no era oportuno mandarse con una imposición en las antípodas de la democracia. El rechazo fue categórico, Velázquez quedó como un felicitador trasnochado y la gente respiró aliviada.

 

Tres años después, con el país en un puño y una crisis política en ciernes, el momento ha llegado. El lo sabe por eso le importa un comino que sus mentiras queden en evidencia o que la gente rechace su ilusión perpetuadora.

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