El eco de Miraflores

Por Alberto BARRERA


Ya una vez dejé caer esta anécdota en este costado de la página: es diciembre y me detengo en un semáforo. Es una encrucijada donde, con frecuencia, cruzo a la izquierda, aunque la luz verde del semáforo no indica que el paso hacia la izquierda está permitido. Como estamos en días de aguinaldos, una suspicacia navideña me hace frenar junto a un fiscal que, curiosamente, aparece ese día sobre esa esquina.

“¿Aquí se puede cruzar hacia allá?”, le pregunto, moviendo patrióticamente los labios hacia mi mano izquierda. El oficial duda un segundo, observa el trío de luces que parece flotar en el cielo y, luego, vuelve a mirarme y me dice desdoblando una sonrisa: “Es a su riesgo, maestro”.

Se trata de una metáfora fantástica. El principio de autoridad cede ante el principio del riesgo. La legalidad es un azar.

Quizás ahí también hay una definición de la venezolanidad: la espontaneidad puede ser una norma.

Una de las grandes ventajas que tiene Chávez para vender su nuevo proyecto constitucional es el desdén general que sentimos los venezolanos por las formas. Pensamos que son un estorbo. Nos parecen un trámite engorroso, el peaje que debemos pagar para poder existir, para ser y vivir sin demasiadas vergüenzas. Creemos que la eficacia está en otro lado, que las leyes son una suerte de mariconada, unas reglas de etiqueta imprescindibles para guardar las apariencias, para disfrazar lo que somos. Pero nada más.

Desde cualquier impuesto hasta cualquier semáforo, desde cualquier transacción pública hasta el más diminuto trámite ciudadano… las formas aparecen ante nosotros como un obstáculo, como un protocolo inútil. Así, igual, tal vez suponemos que una constitución es, en el fondo, un Manual de Carreño a lo grande, en plan social. Decente pero ajeno. Bonito pero irreal. Elegante, supuestamente necesario, pero profundamente ineficaz.

Tal vez, ese sea el primer gran desafío nacional de esta propuesta de reforma: tomársela en serio. Y, por desgracia, no hemos empezado demasiado bien. Porque los primeros que deberían dar el ejemplo no lo han hecho. Está claro que para nuestros representantes en la Asamblea Nacional todo esto es un bochinche, una tontería que se despacha diciendo que sí. Levanta la mano y vámonos.

Así pasó desde el mismo primer día, cuando se pusieron todos de pie y, como un grupo de seguidores ante el ídolo que entona la canción de moda, comenzaron a aplaudir la propuesta de la reelección inmediata. Sólo les faltó agarrarse de las manos y corear el artículo 230.

Lo que ha venido después es todo un asombro: ante unas reformas tan radicales, los diputados no parecen tener ni una sola duda, no muestran alguna perplejidad, no se les ocurre ninguna pregunta.

También ahí respira un frondoso desdén por las formas.

A veces queda la sensación de que, en realidad, para la propia Asamblea Nacional todo esto es una alcabala farrogosa. Mañana mismo podríamos ir a referéndum y ya.

¿Para qué tanta paja si, incluso antes de que apareciera la propuesta, ya todos estábamos de acuerdo? Si a alguno, como en el caso del partido Podemos, se le ocurre algún tipo de disidencia, se encontrará rápidamente en la casilla de los traidores. Los diputados y diputadas actuales de seguro pasarán a la historia. Y tal vez serán recordados por pensar la política así, en chiquito, a nivel de compinches; por pensar el país con un nombre y un apellido solamente, sin otra densidad que la magnificación del presente.

Bastaría con que, por un momento, entendieran que la historia es impredecible, que los pueblos no tienen dirección fija. Bastaría que se dejaran tocar un segundo por alguna duda. Bastaría imaginar a cualquier otro ciudadano en la Presidencia, para comenzar un debate sobre la reelección inmediata y continua o sobre la cantidad de poder que se le está otorgando a la figura del primer mandatario. Si el presidente fuera Leopoldo López, ¿qué harían? Si esto mismo lo propusiera Manuel Rosales, ¿cómo reaccionarían? Si, por re o por fa, pasado mañana el gobernador Martínez ganara unas elecciones presidenciales, ¿qué les parecería su gobierno, con todo este marco legal a su favor? Bastaría con entender que una constitución no es un contrato personal. Bastaría con que pensaran el país como país y no como un club de fans. Así empezamos: en el espacio diseñado para el debate, no hay debate. Es el arte de la nueva democracia.

En vez de comportarse como representantes del pueblo ante el poder, casi parecen los promotores del poder ante el pueblo. Son el eco de Miraflores.

Bastaría con que hicieran política. Aunque fuera en defensa propia.

Bastaría imaginar a cualquier otro ciudadano en la Presidencia, para comenzar un debate sobre la reelección inmediata.

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