El arte de mentir

Por Simón Alberto CONSALVI

Mentir es un arte, y no debemos llamarnos a engaño, porque comenzaríamos por mentirnos a nosotros mismos, puesto que todo engaño a la postre resulta en mentira. Del arte de mentir se han ocupado filósofos y escritores, psiquiatras, humoristas y políticos. Durante la Edad Media (y los siglos que vinieron) se mentía con frecuencia, y por necesidad. No pocas veces se salvó la vida por una mentira.

El filósofo Pérez Zagorin escribió Ways of lying (Harvard University Press). O sea, Modos de mentir / Disimulo, persecución y conformidad en la temprana Europa Moderna. La persecución religiosa y la intolerancia intelectual eran de tal magnitud que incidían drásticamente en la vida de la gente en los siglos XVI y XVII. El filósofo es un erudito y analizó en textos de teólogos, escritores, profetas, los modos cómo, por ejemplo, se expresaba un concepto o una idea prohibida. La mentira conducía al pensamiento más refinado, o a la resignación menos cristiana. En suma, en aquellos tiempos, la mentira o lo que se quisiera expresar con la palabra, tenía justificación y explicación histórica.

Abundan los tratados sobre “el arte de mentir”. Unos de seriedad filosófica como el de Pérez Zagorin, otros de humorismo y sátira como Sobre la decadencia del arte de mentir, del novelista Mark Twain. “El principio de la verdad puede contener el principio del absurdo en sí mismo”. Twain se divierte analizando y glosando las más variadas situaciones (e hipocresías) de la rutina cotidiana. “Me encanta verte”, exclama una señora, mientras piensa (o siente) “Qué bueno que estuvieras entre caníbales a la hora de la cena”.

Abundan entre los humoristas métodos y test para descubrir las mentiras de los políticos. Obviamente, no son los únicos que mienten, pero lo hacen por razones profesionales (si la expresión se permite).

Creo que en Caracas, “capital de la República Bolivariana de Venezuela, cuna de Bolívar y reina del Guaraira Repano”, ya es tiempo de que sometamos a observación la cómica metamorfosis del Bolívar de Juan Vicente Gómez al Bolívar de Hugo Chávez Frías.

Confieso mi perplejidad cuando oigo con tanta persistencia (y dogmatismo patriótico) que “Simón Bolívar fue socialista”, y que es la estrella que guía las reformas constitucionales destinadas a crear esa forma disimulada de monarquía que es la “presidencia vitalicia”. Como me desconcierta y me reprocho no haberlo descubierto a tiempo, me he tomado el trabajo de ir a sus textos y, en especial a sus Constituciones.

Vuelvo a las páginas de Caracciolo Parra Pérez, Bolívar / Contribución al estudio de sus ideas políticas, uno de los primeros tratados de ese género, escrito en Burdeos en 1914, mientras el historiador se refugiaba de los asedios de la I Guerra Mundial. Parra Pérez resalta la admiración de Bolívar por la Constitución británica, “la que parece destinada a operar el mayor bien posible en los pueblos que la adoptan”. Privilegiaba en esa Constitución, a pesar de monárquica, la división y equilibrio de los poderes, verdadera expresión de soberanía popular. Algo que los neo-bolivarianos consideran una herejía.

No tuvo ocasión Bolívar de intervenir en la Constitución de 1811; la responsabilizó de nuestras primeras desgracias republicanas en el “Manifiesto de Cartagena”. Pero la de 1819, aprobada por el Congreso de Angostura, aun cuando fueron rechazadas algunas de sus propuestas, expresó su pensamiento político. El texto se inicia con las cuestiones más sustanciales: “Derechos y deberes del Hombre y del Ciudadano”.

En la sección “Derechos del hombre en sociedad” se lee: “Son derechos del hombre la Libertad, la Seguridad, la Propiedad y la Igualdad. La felicidad general que es el objeto de la sociedad, consiste en el perfecto goce de estos derechos”.

Otro artículo reza: “El derecho de expresar sus pensamientos y opiniones de palabra, por escrito, o cualquier otro modo, es el primero y más estimable bien del hombre en sociedad. La Ley misma no puede prohibirlo; pero debe señalarle justos términos, haciendo à cada uno responsable de sus escritos y palabras, y aplicando penas proporcionales à los que la ejercieren licenciosamente en perjuicio de la tranquilidad pública, buenas costumbres, vida, honor, estimación y propiedad individual”. Y en otro: “La Propiedad es el derecho de gozar y disponer libremente de sus bienes, y del fruto de sus talentos, industria o trabajo”.

“El Libertador –escribió Parra Pérez– denuncia, en todos los días de su vivir, el peligro de los sistemas turbulentos nacidos del idealismo demagógico que empuja a la Revolución”.

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