Venezuela en la hora definitiva

Mas claro imposible …

 

Desde el puente
Oswaldo Álvarez Paz / Gentinuo



“Si nadie responde a tu llamada, camina solo, camina solo”, inolvidable consejo del poeta bengalí Tagore.

La batalla de Venezuela trasciende la necesidad de enfrentar a un mal gobierno y, en consecuencia, sustituir a quien lo dirige. Escapa a los esquemas electorales y alternativos.

Toca a las raíces de nuestra nacionalidad. Se trata de algo existencial, de principios y valores que ven reducido el espacio para su vigencia. La fe del pueblo se desmorona gracias a la incertidumbre frente al futuro, el temor a la represión física e institucional del régimen y a la ausencia de una oposición recia que trabaje para ponerle punto final a esto en el menor tiempo posible.

Repetimos cosas sabidas todas las semanas, de escándalos menores a mayores sin que ningún problema esté resuelto, ni en vías de solución. En la oposición nos movemos en círculos discutiendo hasta el infinito lo que debería estar resuelto.

Este gobierno no debe continuar, Chávez no merece ser Presidente y asumir los riesgos de trabajar para sustituirlo. No habría un salto en el vacío. Todo lo contrario. Gente, planes, proyectos e iniciativas abundan en todos los sectores esperando el cambio que nunca llega.

Pero la destrucción avanza. Con ella la comunización del país en nombre de este pestilente “socialismo del siglo XXI”, bazofia turbia de corrupción, ineficacia y muerte que a diario estremece al país. Desgraciadamente el tiempo es aliado del poder. La gente se acostumbra a todo.

Quien vive al lado de las aguas negras termina por no percibir el mal olor, pierde hasta la aptitud para la náusea. El país se cae a pedazos, la tristeza inunda este ambiente pantanoso que anuncia la muerte total y próxima de la libertad, de una democracia humillada y desprestigiada mediante la calumnia infame y las distorsiones históricas contempladas en el guión socialista. Frente a ello hay quienes mantienen la visión electoralista.

Aferrarse a la salida electoral del referéndum es no querer abandonar la dulce tibieza de la comodidad. En conciencia todos sabemos que ese camino, probadamente fracasado y tramposo, mantendrá el enfrentamiento entre unos opositores que piensan más en sí mismos que en Venezuela. Sobrevivir, coexistir con el régimen esperando a ver que pasa, los convierte en cómplices históricos del señor Chávez.

Cuba y Venezuela son una misma nación, dijo recientemente. Allí nos enteramos, entre otras cosas, de la presencia de 30.000 cederristas cubanos (Comités de Defensa de la Revolución) asesorando al nuevo poder popular, más de 20.000 entrenadores que no sirvieron para nada en los recientes Panamericanos y más de $4.5 millones facturados a Cuba en nombre de la “solidaridad” socialista. No hay alternativa distinta.

O peleamos ya o nos rendimos para vivir sin patria, sin religión, sin bienes propios y lo que es más grave, sin hogar ni familia. Yo no podría. Por eso siento desprecio por quienes se esfuerzan por nadar como peces en estas aguas turbias.

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