Gómez en la distancia

Opinión
Simón Alberto CONSALVI
ND / El Nacional

Hace 150 años nació el único dictador vitalicio de la historia venezolana

El Benemérito fue consagrado como el “fundador de la paz” porque le declaró la guerra permanente a todas las guerras, durante 27 años de régimen implacable, en los inicios de la era del petróleo

Juan Vicente Gómez nació en la hacienda La Mulera, en las vecindades de San Antonio del Táchira, el 24 de julio de 1857; hace 150 años. Quizás ningún otro personaje de nuestra historia ha obsesionado tanto a los venezolanos, hasta el punto de perpetuarse en nuestra memoria cotidiana como la sombra que fatalmente nos acompaña. Ningún otro fue o ha sido objeto de mayores ditirambos, ni de más persistentes diatribas.

Todo esto tiene explicación.

Junto con el general Cipriano Castro, Gómez comandó la insurgencia de los 60 tachirenses que el 23 de mayo de 1899 invadieron a Venezuela desde territorio colombiano, donde residían como exiliados políticos.

Ya en octubre, Castro es el amo absoluto del país. Todos los generales traicionaron al presidente Andrade, quien huyó inesperadamente. Castro presidente, Gómez vicepresidente. Y así lo serán hasta el 19 de diciembre de 1908, cuando Gómez le da el golpe de Estado, en ausencia, a su compadre obligado a viajar a Europa por urgencias de vida o muerte. No se puede decir que Gómez traicionara a Castro, porque entre ellos se había roto la antigua amistad. Castro lo humillaba con frecuencia, y en los días de “la aclamación” y de “la conjura” prácticamente lo había sentenciado a la desaparición, hasta el extremo de que, ejerciendo la vicepresidencia, tenía que moverse a escondidas para escapar de atentados contra su vida. Así está escrito en papeles de la época. De modo que el golpe de Estado no fue sino un episodio en la apuesta por la supervivencia pactada entre ambos compadres.

Gómez se apresuró a legitimar su ascenso al poder. En abril de 1909, reunió el Congreso Nacional, cuyos integrantes habían sido designados por Castro, y fue elegido por unanimidad como Presidente de la República para el período 1909-1914. Fatigado el país de los desórdenes y guerras de don Cipriano, Gómez fue recibido con las expectativas de un cambio democrático. Vino una breve luna de miel, y paso a paso fue afi rmando sus ambiciones ilimitadas hasta llegar 1913, cua ndo debía n celebra rse elecciones para sustituirlo en la Presidencia. Entonces, Gómez da el segundo de sus golpes de Estado: inventó una invasión de Castro, suspendió las garantías constitucionales, dejó al doctor José Gil Fortoul encargado de la Presidencia y se declaró en campaña.

No hubo elecciones hasta que un aparato sui generis produjo un parto de los montes, una presidencia bicéfala. Gómez, presidente electo y comandante en jefe del Ejército, y el doctor Victorino Márquez Bustillos, presidente provisional, para el período 1915-1922.

Durante los años de Gómez en el poder, la Constitución fue reformada siete veces para elegirlo presidente de la República o para elegir a otro, mientras él de manera persistente retenía el cargo de comandante en jefe del Ejército. Como Gómez triunfó en la batalla de Ciudad Bolívar, en 1903, con lo que clausuró la etapa de las guerras civiles, fue consagrado por sus áulicos como “el fundador de la paz”.

Lo cierto fue que sostuvo una guerra permanente contra todas las guerras, y en nombre de la paz gobernó a sangre y fuego, hasta el extremo de considerar que democracia era sinónimo de guerra. Los positivistas lo consagraron como el “gendarme necesario”. Con fama de inculto, se rodeó de grandes intelectuales: Gil Fortoul, Zumeta, Arcaya, Vallenilla Lanz. Con sus luces, Gómez dio su golpe de Estado de 1913, y a partir de entonces fue “Gómez único” hasta la muerte.

La época del dictador coincidió con la explotación del petróleo a gran escala. En 1922, el pozo Barroso Nº 2 irrumpió como un volcán y durante 10 días lanzó al espacio columnas de petróleo, produciendo 12 mil toneladas diarias. La noticia le dio la vuelta al mundo.

En 1923, Gómez fundó la Compañía Venezolana de Petróleo como una empresa personal, a la cual le reservó el monopolio de las concesiones petroleras.

Como era obvio, se enriqueció de manera ilimitada y enriqueció a sus amigos a través del otorgamiento de concesiones que luego negociaban con los trusts internacionales. Gómez utilizó también el petróleo para ganar aliados extranjeros, para complacer a las potencias de la época y garantizar su amistad de modo que su régimen dictatorial no fuera cuestionado, y sus adversarios fueron espiados u hostilizados. En 1928, el dictador fue sorprendido con la irrupción de los estudiantes que anunciaban una era de cambios.

Al dar la noticia de su muerte, en diciembre de 1935, The New York Times lo señaló como “el segundo hombre más rico de América Latina”. Sin tomar en consideración sus ingresos por concepto de petróleo, Gómez tenía propiedades, haciendas, inmuebles, industrias en 12 estados de la República y en el Distrito Federal, desde el Zulia hasta Guayana, según el registro de la Contraloría General de la Nación. Todas estas propiedades fueron confi scadas en 1936. Rómulo Gallegos explicaba que a Gómez no lo movía tanto la terrofagia, como la creencia de que, teniendo haciendas por todas partes, con relativo poco esfuerzo convertía a sus peones en soldados. Cruzó el país de carreteras.

Gómez fue el más despiadado y el más cruel de los dictadores venezolanos. Fueron innumerables los prisioneros de La Rotunda en Caracas, el Castillo de Puerto Cabello y el Castillo de San Carlos. José Rafael Pocaterra escribió el más tormentoso y atormentado de los testimonios, Memorias de un venezolano de la decadencia. Por sus páginas desfilan los fantasmas de La Rotunda, civiles, militares, presbíteros como aquel infortunado padre Antonio Luis Mendoza, condenado por haber pronunciado un sermón contra el concubinato. Desde su celda y con sus grillos, ya medio enloquecido, el padre repetía su sermón todas las tardes, a la misma hora.

Sermonear contra el concubinato había sido una temeridad. Era el estado civil preferido por Gómez. De su propia mano existe el testimonio de que tuvo 72 hijos con 33 mujeres. Fue un verdadero fenómeno y, tal como lo escribió el general López Contreras, se sentía orgulloso de esa condición de varón que podía competir con sus mejores sementales. Era hombre de costumbres austeras, no bebía ni fumaba, le gustaban las bambucos y los valses, pero sobre todo el cine, tal como lo escribió The New York Times en 1932, que “veía 340 películas al año”. Fue el único dictador vitalicio de la historia venezolana. Y supongo que el último.

Indefinida, continua, eterna…

No habrá mejor día en el curso de este singular 2007 para que el Presidente de la República y jefe supremo del régimen bolivariano someta a referéndum la Constitución, que entre gallos y media noche hará aprobar por la Asamblea Nacional, como el 15 de diciembre. No habrá en el calendario un día más propicio, ni más simbólico, ni más merecedor que ese. ¿Por qué? La respuesta es simple: por razones de consecuencia política. Porque entonces se cumplirán los 50 años del último intento de Marcos Pérez Jiménez, dictador embozado, de eternizarse en el poder.

Ese día se consumó el tercer golpe de Estado del general, 1948, 1952, 1957. Consideraba que, bajo ninguna circunstancia, Venezuela podría ser gobernada por los partidos políticos y, por consiguiente, y contra lo pautado por la Constitución, él tenía que permanecer en el poder.

De los partidos (ilegalizados y perseguidos), el general dijo: “Llevarlos al poder equivaldría a que la conducción del país quedara a cargo de los menos capaces, y tendríamos la pa radoja de que instituciones vitales para la nación estuvieran subordinadas a agrupaciones de inep tos cuya desaparición no perjudica, sino favorece los intereses nacionales”. El dictador se consideraba a sí mismo el gran árbitro. El omnipotente, el infalible, el único con la sapiencia necesaria para dirigir el país. De ahí que, no habiendo nadie más en Venezuela con sus condiciones excepcionales, el destino lo llamaba a quedarse en la Presidencia contra viento y marea.

Qué importaba que la Constitución estableciera que debía elegirse un presidente mediante votación universal, directa y secreta. Los consejeros del general le presentaron la fórmula en bandeja de plata. Inventaron el plebiscito. Pérez Jiménez lo presentó al Congreso con estas palabras: “Queremos que el mayor número de los habitantes del país pueda manifestar libremente lo que pien sa de su Gobierno y, al efecto, se propone la realización de un plebiscito, mediante el cual se de terminaría si se está de acuerdo con las ejecutorias del régimen y, por consiguiente, si se considera que la persona que ha ejercido la Presidencia de la República en este período debe ser reelegida”.

Santa palabra. Todos y cada uno de los senadores y diputados votaron por unanimidad por aquella fórmula que violaba la Constitución, la cual no contemplaba ni plebiscito ni reelección inmediata. Entre la tontería y la demencia, PJ no requería grandes argumentos para que el Congreso diera rango legal a la marrullera fórmula sacada del sombrero del ministro Vallenilla Lanz.

El 15 de diciembre se celebró el plebiscito, con Pérez Jiménez como candidato único, y la derrota del dictador fue tan gigantesca que no hubo manera de ocultarla. Los arrogantes senadores y diputados desaparecieron de la escena. Los generales dejaron solo al general.

Los estudiantes de la Universidad Central se convirtieron en la vanguardia de la protesta.

Entonces comenzó el derrumbe de la dictadura. Con el rabo entre las piernas, los más virulentos y agresivos prohombres del régimen comenzaron a liar sus bártulos. En medio de la tempestad, el dictador abandonó el país presa de pánico.

El grito de libertad resonó a lo largo y ancho del mapa venezolano. Salieron los presos de las cárceles, regresaron los miles de desterrados.

Así terminan los regímenes que pretenden eternizarse en el poder. Así está escrito. Así lo comprueba la historia. Ahora se nos promete una Constitución que consagrará la reelección indefinida del Presidente de la República. “No será indefinida, sino continua”. Los politólogos deben haber registrado la gran innovación. Los caudillos del siglo XIX tuvieron esa misma obcecación. No se consideraban a sí mismos fuera del poder.

Se sentían predestinados, enviados de Dios. Igual sucedió con los dictadores del siglo XX.

De estos, sólo Gómez gobernó hasta su muerte, en un país rural. Las constituciones han establecido unas normas. La realidad (o el azar) ha dictado otras. De ahí que la reelección indefinida, continua, vitalicia, perenne, eterna, inmortal, perdurable, inmarcesible, apenas expresa una ambición personal. Tratándose de otro episodio en los anales de la obsesión política, ningún día más indicado para que “el pueblo” vote por el referéndum que el 15 de diciembre de este singular 2007. Nada más antidemocrático que el control absolutista del poder. Nada más ilegítimo.

Nada más anacrónico. Nada más perezjimenista.

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