I love the iPod

Laureano Márquez

*La verdad, no me interesan los 250 mil $ ni la camionetota (de esas
aborrecibles) en la que apareció el domingo. Tampoco el terrenito del que
hace algún tiempo también nos dijo que era dueño, porque –no sé si se ha
enterado– las invasiones están a la orden del día (aunque no creo que haya
alguien tan osado).*

*El escarabajo rojo, la verdad, sí me llama la atención, pero en el edificio
en el que vivo cuento con un solo puesto de estacionamiento y si lo dejo en
la calle, con el rabioso e intolerante escualidismo que ronda por estos
predios, van y me lo destrozan.*

Pero, si mal no recuerdo, dijo usted también que es el feliz poseedor de un
iPod nuevo de paquete, como diría Don Francisco; anuncio que pasó
inadvertido porque todo el mundo ha centrado las apetencias rapiñísticas en
lo que va a tocarle de sus dólares. Debo confesarle que éste ha sido para
mí, el más llamativo de los bienes de fortuna con los que nos ha dicho usted
que cuenta. Entre las múltiples maneras como uno se lo imagina, desde la
arena de la dominación, jamás lo pensé usando un bicho de esos. Más aún,
siguiendo la lógica de su discurso, creía yo que esos dispositivos eran
despreciables.

En primer lugar, porque representan la globalización más abyecta: Todo el
mundo, en todos los rincones del planeta, está uniformado con el celebrado
utensilio, que forma parte ya del hombre nuevo. Por otro lado, le aseguro
que, más incluso que la invasión a Irak, la verdadera expresión de la
dominación gringa es el iPod y me asombra, me resulta inconcebible, imaginar
al diminuto aparato sobre su mesa de noche o a usted con los audífonos
puestos recibiendo quién sabe qué mensaje subliminal por vía bidireccional
(¡Ah vaina!, pregúntele a Lara y a Carreño).

Le digo más: Quizá me equivoco, pero el iPod, para mí, es la expresión más
clara del neoliberalismo salvaje e individualista. Atrás quedaron los
tiempos en los cuales el disfrute de la música era una experiencia
irrepetible y compartida que sólo podía darse en los teatros, ya que no
existían las grabaciones.

No tan atrás, pero también lejos, están ya los días de los discos de acetato
puestos en el picó de la casa para el goce de la familia. Este novedoso,
diabólico y despreciable artefacto nos enseña que el gusto por la música
puede ser absolutamente individual y que junto a su aparato repleto de
música llanera puede existir otro individuo, igual de feliz, con el suyo
lleno de canciones de… digamos Frank Sinatra, sólo por nombrar un cantante
emblemático del imperio.

Imagino que no se le escaparán las consecuencias que trae, para el modelo de
vida que usted nos propone, la difusión e incluso exaltación que hizo del
iPod: La gente comienza queriendo elegir la música que quiere escuchar y
esto desencadena un proceso que quién sabe dónde puede acabar.

De todas maneras, para ir al grano: Medieval al fin, como soy, ando todavía
en los tiempos del discman, arrastrando, cuando viajo, con un tolete de CD.
He estado paseándome por la posibilidad del iPod, y, la verdad, no sé si
sabe, pero los precios de esos bichos rondan los 300 dólares y, más que la
pichirrez, la verdad, me espanta la idea de tener que aprender el manejo de
un dispositivo más. Yo ya tengo computadora portátil, cámara digital,
celular, aspiradora, televisor, nevera, tosti-arepa, lavadora y secadora,
fax y teléfono inalámbrico. Como verá, mi disco duro está casi repleto de
manuales de distinta naturaleza. De todas maneras, ya que usted, en un acto
de generosidad que le enaltece, donará sus bienes, si no es mucha molestia,
yo estoy dispuesto a hacer un sacrificio más y quisiera quedarme con su iPod
(espero no se me haya adelantado alguien), si quiere lo resetea, porque
entiendo que además de música pueden almacenarse allí muchas otras cosas. No
olvide el manual del usuario y la garantía. Si quiere me lo manda aquí a
TalCual , en el Seniat tienen la nueva dirección.

¡Gracias!, siga así, no cambie nunca.

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